En los días de lluvia y niebla
el perfume de la tierra es aceite de almendras amargas
el amor huele a carbón
y las soledades se esconden tras las brasas del recuerdo
martes 4 de agosto de 2009
lunes 20 de julio de 2009
el relato silencioso

En los primeros tiempos, cuando los hombres no eran hombres y las estrellas no existían, el soplo de Dios había alcanzado a una pequeña mariposa nocturna, que deambulaba perdida por los desiertos vacíos y silenciosos.
Cansada de tanto volar, se detubo a descansar en una gran cueva que bien conocía. Ahí se poso, cerro los ojos y se durmio. Pasaron instantes, minutos, horas, y la lluvia se descargo contra el desierto baldío y olvidado.
Ella desperto asustada por la tormenta desatada y se percato de que ya no estaba sola; había una gran luz muy caliente y dorada. Entonces levanto sus alas extasiada por la belleza de aquel ser que la miraba persistentemente; volo a su alrededor, temerosa y ansiosa, pero perdidamente enamorada. Se acercaba y se alejaba asustada por el calor que despendría aquel ser que los hombres suelen llamar fuego.
Confío en él, perdida ya en el extasis de sus ojos que la invitaban a quemarse en la suavidad de la tormenta. Olvido nombre, lugar y palabra; se lanzó a sus brazos y ardio implacable en el fuego de los primeros tiempos.
Y con una punzada en el corazón herido, derramo las primeras lagrimas en aquel mundo perdido. Se acalló la tormenta y el fuego se esfumo...
Ya sola y moribunda se preparaba para otro amanecer mientras pensaba: es mejor quemarse en este soplo de vida al que tanto temen los desiertos...
viernes 17 de julio de 2009
la fuga de alcatraz
¿Con cuántas hojas se arma una vida?
van y vienen, se despiertan y se duermen, se agitan y se conmueven...
¿Cuántas quedan en este invierno del otoño pasado?
- Ninguna- nos responden las Horas.
Pero los Instantes se levantan templados por la brisa del mar y replican:
-pero es el mismo aliento de vida el que las levanta, mueve, inquieta y ama-.
Extraído de los "comentarios alturinos sobre la fuga de alcatraz" de Abraham Boba o sólo Ben Boba
lunes 6 de julio de 2009
la cruz del sur y las flores azules

En la cruz del del sur
navegan avez errantes
sortean el amor las góndolas amarillas
y juegan al pasa-tiempos los niños descalzos
[y un susurro se asoma por las entre calles
adormecidas por el alcohol]
¿Qué me hizo pensar que éramos inmortales?
¿fue tu entrega absoluta? o ¿ tu infinita fortaleza?
¿fueron los días soleados? o ¿las flores azules que crecían en tu corazón?
¡Cuántos días se durmieron frescos en tu amanecer!
¿ o es qué Dios tenía la incógnita escrita en tu frente?
Con el pasar de los días tu esencia no se desvanece
la guardan intacta tus ángeles blancos y azules
creo en la vida con la que llenaste mi jardín
creo en la sonrisa que tejiste para siempre en mi frente
creo en aquel dulce amanecer en el que un día te encontraré
creo en tí,
en el señor de la esquina,
en el niño que juega
y en el joven que lee en la banca del parque.
creo en ellos, creo en tí, creo en ÉL...
y creo en el amor
miércoles 1 de julio de 2009
martes 19 de mayo de 2009
¿dónde estás que no puedo seguirte?
¿hasta dónde me alcanzan los trozos de vida?
¿dónde me quede? ¿dónde te quedaste?
¿dónde estás que no te encuentro?
cuento, camino, miro, silencio...,
silencio seguido para no perderte tanto
para seguirte el silencio silencioso en que estás
duermo, como, sueño, perfumo, canto, silencio de nuevo:
no estás
¿dónde estás?
¿dónde te perdiste?
¿dónde estás que no puedo seguirte?
¿hasta dónde me alcanzan los trozos de vida?
¿dónde me quede? ¿dónde te quedaste?
¿dónde estás que no te encuentro?
cuento, camino, miro, silencio...,
silencio seguido para no perderte tanto
para seguirte el silencio silencioso en que estás
duermo, como, sueño, perfumo, canto, silencio de nuevo:
no estás
¿dónde estás?
¿dónde te perdiste?
¿dónde estás que no puedo seguirte?
jueves 4 de diciembre de 2008

Crisalida se asomo descalza al balcón de su habitación. La luna le sonreia, dibujaba las canciones y colores de su último encuentro, mientras las estrellas bailaban al son de su voz ronca y cálida. Nunca imaguino que las palabras podrían tener tanto poder en su espíritu, aquel espíritu de fuego, al que ni ella misma podía conciliar.
Los matices nocturnos desaparecieron y el viento le susurro dichas al oido. Se miro desnuda y, sin pudor alguno, se deslizo entre las cortinas y salio de su habitación. Escucho como sus hermanas reian insensatamente, pues Matilde estaba contando alguna de sus increibles historias, aquellas historias sobre salvajes aventuras en el caribe o en las misteriosas riberas de San Juan.
Aquellas historias que tantas veces la embriagaron de curiosidad y desbordante admiración, ahora no inmutaban su despojado y perdido espíritu, que didicaba infinitas horas ha navegar a través de tierras indómitas, desiertas de silencio.
Camino por aquel pasillo, en donde entretenía largas horas de lucides junto a Ofelia, su querida, su admirada y estrellada. La observo con dulzura por última vez. Aquella niña infinita, que tantas veces había robado sus cabellos y suspiros, ahora comía hormigas, caracoles y largas matrices de codorniz, como siempre solía hacerlo en las noches de Noviembre. No pudo evitarlo, le sonrio con infinita paz y complicidad. Se miraron una y otra vez, fascinadas la una con la otra, extasiadas de tantos colores azulados y susurrados.
Crisalida no caería nuevamente, movio sus pequeños dedos, se levanto y corrio por el pasillo hasta que alcanzo la puerta de la Gran Casa. Miro la cerradura fijamente y se imaguino las tierras marinas que la esperaban del otro lado de la bendita puerta.
Ya no estaba. Ya no era.
¡Silencio!
Fuego, muerte y dolor. Se escuchan gritos por todas partes. El olor a sangre y descomposición embriaga su descontrolado espíritu. Abre los ojos una vez más y empuña su espada como si fuese el cuello negro que busca desesperadamente. Su mirada se esconde tras unos párpados que toman la forma de un enfurecido atardecer, mientras su entresejo se cierra como una tormenta en las dunas del desierto perdido.
Respira llena de angustia, como si fuera un dragón que va a expeler fuego en cualquier momento. La sensación envuelve todo su cuerpo, estremeciendolo y dándole la fuerza que necesita para el Gran Momento que se acerca.
Se lanza por fin a la excéntrica carrera por el Corazón Negro, que le fue arrancado una y otra vez de su rojo pecho. Sus latidos se mueven por toda la tierra y siente como la Luna cae sobre su cabeza. Se yergue altiva, su tamaño supera el de todo Horizonte nombrable....
¡Silencio!
Los instantes se pueden contar como la arena del desierto. Mil estrellas brillan silenciosas en el mar de sus pensamientos naufragos y solitarios. Las cálidas tarde de otoño siempre han regocijado su espíritu, que ha sido quebrado por las cristalinas amapolas, con que embriago tantas noches de soledad.
Ahora estaba sola, silenciosa y quebrada
¿que más da la eternidad de un instante?
Ofelia ya no estaba: danzando en el bosque, a cada compás de su inmensidad, en polvo se iba transformado.
°°°La arena no deja de pasar ante su dura mirada, mientras los granos le dicen burlones: ”y se guarda Aquelonde para la cena de Ofelia entre rosas y lavandas. Si, rosas y lavandas”°°°
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
